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Yolanda Bonifaz nos ofrece un horizonte luminoso y comprometido con las texturas, tanto de los materiales plásticos como de los materiales anímicos. En el primer caso, puede verse cómo la pintura no se diluye acuarelada, sino que se extiende rugosa, pastosa y, a veces, como si trajese debajo un remolino de papel de china o un rastro de arena, una vocación de mixtura que echa mano de los ingredientes del mundo. En cuanto a las tesituras del alma, pueden apreciarse asomos boscosos de alegría, rojas pinceladas de rabia, ramalazos de sensualidad melancólica, sombras de una rebeldía dócil y hasta destellos de reconciliación y paz.

Yolanda Bonifaz no desdibujaba los contornos reconocibles hasta fundir los colores en el caos de lo indistinto; lo que hace es mostrar la realidad convertida en añicos al mirarla desde el caleidoscopio de las emociones.

En su diversidad cromática y temática, hay un elemento común que sorprende: la imagen invisible de una mujer desnuda que, como sello de agua, se deja ver, a veces a partir de un brazo o a travez de un muslo o como una cabellera que se ondula o como un horizonte de flores que recorta contra el cielo la silueta invitante. Es una pintura que dialoga con la imaginación de cada observador.

El mundo de Yolanda Bonifaz se abre a través de ventanas distintas hacia mundos diferentes que invitan a defenestrarse. No hay un solo estilo: el figurativo y el abstracto; hay muchos estilos que se corresponden con muchas Yolandas distintas a las que une un único designio: reconquistar la vida mediante la pintura y hacer de cada cuadro el escenario de la mujer.


Óscar de la Borbolla

 

Yolanda Bonifaz offers us a luminous horizon, deeply attuned to textures—both those of tangible materials and those of the soul. In the first case, the paint does not dissolve like watercolor; instead, it spreads thickly, ruggedly—sometimes as if hiding beneath it a swirl of tissue paper or a trail of sand. It reveals a vocation for mixture, drawing on the ingredients of the world.

As for the textures of the spirit, we glimpse wooded hints of joy, red brushstrokes of rage, flashes of melancholic sensuality, shadows of gentle rebellion, and even sparks of reconciliation and peace.

Yolanda Bonifaz does not blur recognizable outlines into the chaos of indistinction; rather, she shows reality shattered into pieces as seen through the emotion-kaleidoscope.

Amid the chromatic and thematic diversity, there is a common element that surprises: the invisible image of a naked woman who, like a watermark, can be glimpsed—sometimes through an arm, a thigh, or as a flowing mane of hair, or a horizon of flowers sketching an inviting silhouette against the sky. This is a painting in dialogue with each viewer’s imagination.

Yolanda Bonifaz’s world opens through many different windows into many different realms that invite one to defenestrate. There is no single style: figurative and abstract both find their place. There are many styles, just as there are many Yolandas—each distinct, yet united by a single purpose: to reclaim life through painting and to make each canvas a stage for womanhood.


Óscar de la Borbolla